Reflexión de los dos discípulos de Jesús que iban a Emaús en el Evangelio de Lucas. (Leer Lucas 24: 13-33)
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Esta historia del camino a Emaús solo está registrada en el Evangelio de Lucas. Dos discípulos de Jesús que no eran de los doce: Cleofas y otro discípulo cuyo nombre no se conoce, iban de camino, el día que se ha conocido como Domingo de Resurrección.
Iban a la aldea llamada Emaús, que estaba a sesenta estadios de Jerusalén unos 9 ó 10 kilómetros aproximadamente.
No sabemos cual era el motivo de su viaje a Emaús. Ya que el evangelista Lucas, no nos da detalles al respecto. Es muy probable que era el lugar donde vivían.
Ellos en la mañana habían escuchado a María Magdalena y otras mujeres decir que habían ido a la tumba de Jesús y la habían encontrado vacía. Y también ellas les contaron que habían visto ángeles quienes les dijeron que Jesús había resucitado.
LA INCREDULIDAD DE ESTOS DOS DISCÍPULOS
Pero es obvio que estos dos discípulos no habían creído lo de la resurrección de Cristo. Porque sus corazones estaban llenos de amargura, dolor y tristeza. En primer lugar ellos no habían entendido la palabra que Jesús les había dicho que el Cristo tenía que padecer, resucitar y después entrar en su gloria.
Ellos como los demás hasta entonces creían que el
Mesías vendría a librarlos de la opresión romana. Tenían al
mesías como un súper héroe victorioso y libertador del tipo de Moisés.
Y que nunca sufriría derrota ni humillación en ningún sentido. Por eso al ver a Jesús padecer tantas cosas y ser muerto crucificado, descartaron la idea de que el era su Mesías.
JESÚS MISMO IBA CON LOS DOS DISCÍPULOS
Cuando ellos pues, iban en el camino a Emaús, hablando y discutiendo entre si sobre todo esto que había sucedido a Jesús. Para ellos era algo insólito y muy conmovedor esto que le había acontecido.
Porque ellos creían que era Jesús el mesías pero ahora estaban confundidos.
En medio de sus pláticas, discusiones y lamentos no se habían dado cuenta de un extraño viajero que los seguía muy de cerca y escuchaba su conversación. Que como sabemos era el mismo Jesús, pero sus ojos estaban velados para que no le conocieran.
Jesús se unió a platicar con ellos. Preguntando primero acerca de su plática y la tristeza que tenían, y reprochandoles la incredulidad y dureza de sus corazones, les fue explicando acerca de que era necesario que el Cristo padeciera y que se cumpliera en Él lo que las escrituras profetizaban.
Cuando llegaron a Emaús, la aldea a donde iban. Jesús hizo como que iba mas lejos, pero ellos le obligaron a quedarse con ellos. Cuando llegó el momento de la cena y el partimiento del pan. Jesús tomó el pan y lo bendijo como era su costumbre.
Orando la bendición tradicional que se dice en el partimiento del pan:
“Barúj atá Adonái elohénu Mélej há-olám há-motzí léjem mín há-áretz”.
lo que quiere decir:
“Bendito seas, Señor Dios nuestro, Rey del Universo, que sacas el pan de la tierra”.
Al observar cuidadosamente a aquel extraño. Algo debió parecerles tan familiar porque aquella escena ya la habían visto muchas veces antes. Y fue en ese momento cuando les fueron abiertos los ojos y le reconocieron. Pero Él desapareció de su vista.
La frase ¿No ardía nuestro corazón cuando nos abría las escrituras? Refleja la emoción inexplicable que sintieron desde que Él apareció en el camino y les explicaba la ley y los profetas. Sus mentes no reconocieron al que iba con Ellos, pero sus corazones sabían quien era.
¿CÓMO NOS IDENTIFICAMOS CON ESTOS DOS DISCÍPULOS?
Al igual que estos dos discípulos cada uno de nosotros tenemos figuradamente nuestro propio camino a Emaús. Que son todos aquellos trayectos de la vida en que como cristianos y por vivir en un mundo caído, sufrimos desilusiones, desengaños, frustraciones y diversas pruebas.
Y al igual que los discípulos aquí mencionados vamos por el camino con un sin fin de preguntas, lágrimas y lamentos por lo que pasó o está pasando.
Pero así como Cleofas y su compañero muchas veces no nos damos cuenta que el mismo Jesucristo nuestro Señor y Salvador va con nosotros conforme a su promesa.
Y esa promesa la encontramos en S. Mateo 28.21 en donde el Señor
Jesús les dice a los discípulos y a nosotros que estará con nosotros todos
los días hasta el fin del mundo.
Enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. Amén.
Pero, ¿Por qué estos discípulos no se dieron cuenta de que el mismo Señor
Jesús iba con ellos? Lucas lo describe así: "Mas los ojos de ellos estaban
velados para que no le conociesen.
Esto de los ojos velados ocurría en parte porque ya Dios, en su soberanía había determinado que ocurriera así. Ninguno de nosotros de los que hemos aceptado a Cristo, creyó sino hasta el momento en que Dios lo determinó, aunque quizás ya muchas veces habíamos escuchado la palabra.
Y también los ojos de los discípulos estaban velados debido a la incredulidad y dureza de sus corazones y ahora debido a esto, solo tenían dolor, amargura, tristeza, desesperanza, incertidumbre y una montaña de preguntas. Si hubieran creído todo hubiera sido diferente.
Cuando las situaciones difíciles llegan a nuestras vidas muchas veces nos pasa lo mismo que a estos dos. Solo vemos el panorama negativo que nos rodea y no nos acordamos de lo que está escrito y de las cosas preciosas que Dios nos ha prometido. Porque la amargura y dolor pueden más en nosotros.
Esta situación de incredulidad de estos dos, se parece un poco a la del pueblo de Israel cuando eran esclavos en la tierra de Egipto. Cuando por fin se llego el cumplimiento de la promesa de Dios de que habría de liberarlos de su esclavitud. Dios Les envío a Moisés y Aarón para decirles que iban a ser liberados.
Al principio al escuchar la palabra
de Dios y al ver la señal de la vara convertida en serpiente y de
la mano leprosa de Moisés, ellos creyeron.
(Éxodo 4:29-31).
Pero después cuando en vez de ser libres mas bien su servidumbre fue agravada, dice que ellos no escucharon a Moisés a causa de la congoja de espíritu, y de la dura servidumbre. (Éxodo 6: 6-9).
Primero creyeron La Palabra y después cuando las cosas se pusieron feas o más feas de lo que ya estaban, ya no creyeron.
Que no nos pase lo mismo de los dos del camino a Emaús o de los esclavos hebreos. Hay que quitar el velo de incredulidad que pueda estar cubriendo nuestros ojos y corazón. Y no se nos olviden las promesas de Dios.
Dios les bendiga.

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